El descubrimiento de la Homeopatía fue gracias a las observaciones hechas en 1797 por un médico alemán, químico y toxicólogo, llamado Christian Samuel Hahnemann (Meissen 1755, Paris 1843). Pero la idea de la similitud entre el poder tóxico y curativo de una sustancia, ya fue formulado anteriormente por Hipócrates (460-361 a. C.) con su afirmación de “los semejantes eran curados por los semejantes”. Hipócrates, al igual que Hahnemann en su época, tuvo la concepción avanzada de la conexión y dependencia del hombre (microcosmos) con el medio que lo rodea (macrocosmos), y de cómo la naturaleza tiende a hacer evolucionar espontáneamente a la persona enferma hacia la curación. Todo ello, despertó un profundo respeto hacia estas fuerzas externas por cuanto el médico debería de ayudar al influjo externo y no antagonizarlo, bajo el peligro de que se manifestara otra enfermedad. De este modo, se describió el Eléboro blanco (Veratrum album) para el tratamiento de la disentería coleriforme, cuando toxicológicamente provocaba los mismos síntomas; o como la Cantárida (Cantharis), un tipo de insecto, provocaba de forma tóxica irritación urinaria (cistitis) y sin embargo, en dosis débiles trataba la infección urinaria.

Dioscórides (siglo I dC.) recopiló experiencias con numerosas plantas desarrollando el saber farmacológico de la época.

Ya en la Edad Media, la civilización árabe desarrollo y reelaboró los conocimientos médicos de la época griega y romana, floreciendo escuelas como la del Cairo, Córdoba y Bagdad. A través de las traducciones realizadas por Salerno, pasaron al mundo Occidental.

A principios del S. XVI, Paracelso desarrolla la Alquimia como método de extraer el “alma” de los vegetales en forma de quintaesencia.

Van Helmon en este mismo período, defiende la Ley de la similitud, pero sin llegar a conclusiones terapéuticas generales.

Hubo que esperar a finales del s. XVIII, para que el médico alemán, Christian Samuel Hahnemann intentase llevar la teoría a la práctica y comprobar clínicamente la Ley hipocrática.

La vida de Hahnemann se plaga de coincidencias y de ingenio investigador. Una vez ha finalizado sus estudios de medicina en Leipzig, en 1781 se establece en Desseau, donde estudia los efectos de ciertos metales en los mineros de la zona. Debido a su escasa creencia en la medicina de la época, abandona su atención médica y se dedica durante años a la traducción de obras extranjeras. Y así, en 1970 traduciendo un artículo de Cullen sobre la Quina, reaccionó ante sus observaciones, que daban a entender que la corteza de Quina “actuaba en virtud fortalecedora sobre el estómago”, y quiso comprobar esta afirmación ingiriendo dosis altas de Quina, notando las típicas molestias de la fiebre palúdica o intermitente; por cuanto empezó a intuir de manera clara el paralelismo entre estos síntomas digestivos y la acción terapéutica que nombraba Cullen. Tan solo era necesario ajustar la dosis. A partir de entonces comenzó a experimentar en él, sus amigos, familiares y sus propios discípulos el efecto que producían sustancias elaboradas y productos naturales de la época, como el Acónito, Nuez vómica, Pulsatilla, Digital, anotando los efectos que producían y verificando el efecto terapéutico, en pacientes que presentaban el cuadro patológico similar a su experimentación. Para ello, era necesario emplear cantidades muy pequeñas de dichas sustancias.

Ejemplos de experimentación:

- La Ipecacuana (Ipeca) en dosis altas provoca náuseas, vómitos, salivación abundante, y en pequeña dosis cura las náuseas del individuo que sufre trastornos digestivos.

- El veneno de abeja (Apis mellifica) provoca localmente edema, picor, escozor y enrojecimiento, que mejora con la aplicación de frío y a dosis bajas cura la aparición en la piel de erupciones, urticarias e irritaciones que pican y que se alivian con el frío.